sin remedio a su loca y devoradora pasión por Katerina Ivánovna. Este no es el momento de empezar a hablar de esta nueva pasión de Iván, que dejó su huella en todo el resto de su vida: esto proporcionaría tema para otra novela, que tal vez nunca escriba. Pero no puedo dejar de mencionar aquí que cuando Iván, al dejar a Katerina Ivánovna con Aliosha, tal como ya he contado, le dijo: «No me interesa mucho», fue una absoluta mentira: la amaba locamente, aunque a veces la odiaba al punto de haber podido asesinarla. Muchas causas contribuyeron a provocar este sentimiento. Destrozada por lo ocurrido con Mitia, ella corrió al regreso de Iván a su encuentro como a su única salvación. Estaba herida, ofendida y con los sentimientos humillados. Y he aquí que había regresado junto a ella el hombre que antes la había amado con tanta ardor (¡oh!, ella lo sabía muy bien) y cuyo corazón y cuyo intelecto consideraba muy superiores a los suyos. Pero la muchacha, de severa virtud, no se entregó por completo al hombre que amaba, a pesar de la violencia karamazoviana de sus pasiones y de la gran fascinación que él ejercía sobre ella. Al mismo tiempo, se veía continuamente atormentada por el remordimiento de haber abandonado a Mitia, y en los momentos de discordia y de violencia colérica (y fueron numerosos) se lo decía a Iván sin tapujos. Eso era lo que él le había calificado a Aliosha de «mentiras y más mentiras». Había, por supuesto, mucho de falso en ello, y eso era lo que más enfurecía a Iván. … Pero de todo esto, más adelante.
De hecho, durante un tiempo olvidó casi la existencia de Smerdiakov y, sin embargo, quince