vergüenza! Después de una escapada semejante, ¿cómo voy a ir a cenar, a engullir las salsas del monasterio? Me da vergüenza, no puedo. ¡Tienen que disculparme!
—Solo el diablo sabe, ¿y si nos engaña? —pensó Miúsov, aún dudando, y mirando con ojos desconfiados al bufón que se retiraba. Este se dio la vuelta y, al notar que Miúsov lo observaba, le mandó un beso con la mano.
—Bueno, ¿vienes a lo del starets? —le preguntó Miüsov a Iván de repente.
—¿Por qué no? Me invitaron especialmente ayer.
—Lamentablemente, me veo obligado a ir a esta maldita cena —dijo Miüsov con la misma irritabilidad, sin importarle que el monje estuviera escuchando—. Deberíamos, al menos, disculparnos por la molestia y explicar que no fue obra nuestra. ¿Qué opina?
—Sí, debemos explicar que no fue cosa nuestra. Además, papá no estará ahí —observó Iván.
“¡Bueno, eso