entrecerró los ojos con astucia.
—No, enséñeme usted esto: dígame cuál es la ley que permite la canallada. ¿Me oye? ¡Es un bribón! ¿Comprende eso?
Mitya se retiró con melancolía y de repente «le pareció que le daban un golpe en la cabeza», según dijo después. En un instante pareció alborear una luz en su mente, «se encendió una luz y lo comprendí todo».
Se quedó estupefacto, preguntándose cómo él, a fin de cuentas un hombre inteligente, había podido ceder a semejante insensatez, haberse dejado arrastrar a una aventura así y haberla mantenido durante casi veinticuatro horas, dando vueltas en torno a aquel Liagavy y mojándole la cabeza.
—¡Vaya, el hombre está borracho, totalmente borracho, y seguirá bebiendo durante una semana entera!; ¿de qué sirve esperar aquí? ¿Y si Samsónov me ha mandado aquí adrede? ¿Y