Mijaíl Makárovitch. Y aquel dandy pulcro y «con aspecto de tísico», «que siempre lleva unas botas tan lustrosas», era el fiscal suplente. «Tiene un cronómetro que vale cuatro rublos; me lo enseñó». Y aquel jovencito con gafas… Mitya olvidó su apellido, aunque lo conocía, lo había visto: era el «juez de instrucción», de la «escuela de jurisprudencia», que no hacía mucho había llegado a la ciudad. Y este hombre, el inspector de policía, Mavriki Mavríkiyevitch, a quien conocía bien. ¿Y esos tipos con chapas de bronce, por qué están aquí? Y esos otros dos… campesinos… Y allí, en la puerta, Kalganov con Trifón Borísovitch…
«¡Caballeros! ¿A qué viene esto, caballeros?», empezó Mitia, pero de pronto, como fuera de sí, sin saber lo que hacía, exclamó en voz alta, a todo pulmón:
“¡Lo en—tien—do!”
El joven con