las damas se hallaban únicamente en un estado de impaciencia histérica y sus corazones no albergaban inquietud alguna. Una absolución, pensaban, era inevitable. Todas se preparaban para un momento dramático de entusiasmo general. Tengo que confesar que también entre los hombres había muchos convencidos de que la absolución era inevitable. A unos les alegraba, otros fruncían el ceño, mientras que algunos estaban sencillamente abatidos, pues no querían que fuese absuelto. El propio Fetiukóvich confiaba en su éxito. Estaba rodeado de gente que lo felicitaba y le hacía la corte.
“Hay”, les dijo a un grupo, según me contaron después, “hay hilos invisibles que unen al abogado defensor con el jurado. Uno siente durante su discurso si se están formando. Yo era consciente de ellos. Existen. Nuestra causa está ganada. Quedaos tranquilos”.
—¿Qué van a decir ahora nuestros campesinos? —dijo un caballero regordete, de expresión hosca y rostro picado de viruelas, terrateniente de