a violentas aseveraciones de antipatía. Si fue el rostro excitado del «capitán», o la tonta convicción del «libertino y derrochador» de que él, Samsónov, podía dejarse engañar por un cuento chino como el de su plan, o bien sus celos de Grushenka —en cuyo nombre este «perdulario» se le había venido encima con semejante cuento para conseguir dinero— lo que irritó al viejo, no sabría decirlo. Pero en el instante en que Mitia se paró ante él, sintiendo que las piernas le fallaban y exclamando frenéticamente que estaba arruinado, en ese momento el viejo lo miró con intenso rencor y decidió hacer de él el hazmerreír. Cuando Mitia se hubo marchado, Kuzmá Kuzmích, pálido de rabia, se volvió hacia su hijo y le ordenó que vigilara para que a ese pordiosero no se le volviera a ver jamás, y que ni siquiera se le permitiera la entrada en el patio, o de lo contrario él...
No llegó a pronunciar su amenaza. Pero hasta su hijo, que a menudo lo había visto enfurecido, tembló de miedo. Durante toda una hora después, el viejo estuvo temblando de ira, y para el anochecer empeoró y mandó llamar al médico.
II
Lyagavy
De modo que tenía que viajar a toda velocidad, y no tenía dinero para caballos. ¡Tenía cuarenta kopeks, y eso era todo, todo lo que le quedaba después de tantos años de bonanza! Pero tenía en su casa un viejo reloj de plata que hacía mucho tiempo que no funcionaba. Lo agarró y se lo llevó a un relojero judío que tenía una tienda en el mercado. El judío le dio seis rublos por