bien, para que no ocurra nada terrible.
“Y me sentaré a esperar el milagro. Y si no llega a suceder—”
Alejo se dirigió pensativo hacia la casa de su padre.
VI
Smerdiakov
En efecto, encontró a su padre aún a la mesa. Aunque en la casa había un comedor, la mesa estaba puesta como de costumbre en la sala, que era la estancia más grande, amueblada con anticuada ostentación. Los muebles eran blancos y muy viejos, tapizados con una antigua tela de seda roja. En los espacios entre las ventanas había espejos con elaborados marcos blancos y dorados, de talla pasada de moda. En las paredes, cubiertas con papel blanco que estaba desgarrado en muchos sitios, colgaban dos grandes retratos: uno de cierto príncipe que había sido gobernador de la región treinta años antes, y el otro de cierto obispo, también muerto