cabeza al comentarlo —y sobre todo el padre Ferapont, a quien algunos de los detractores se habían apresurado a informar sobre este consejo “extraordinario” por parte del starets.
—¡Váyase, padre! —dijo el padre Paisi con voz imperiosa—, no le corresponde al hombre juzgar, sino a Dios. Quizá veamos aquí un «signo» que ni usted, ni yo, ni ninguno de nosotros es capaz de comprender. ¡Váyase, padre, y no turbe a la grey! —repitió con acento imponente.
—Él no guardaba los ayunos según la regla y por eso ha llegado la señal. Eso es claro y es un pecado ocultarlo —el fanático, llevado por un celo que superaba su razón, no se calmaba—. Fue seducido por los dulces, las señoras se los traían en los bolsillos, sorbía té, adoraba su vientre, llenándolo de golosinas y su mente de pensamientos soberbios. … Y por esto ha sido avergonzado.