polacos le suplicaban un solo rublo e incluían un recibo firmado por los dos.
A Grushenka entonces le dio de repente lástima de ellos y, al atardecer, fue ella misma a su alojamiento. Encontró a los dos polacos en una gran pobreza, casi en la indigencia, sin comida ni leña, sin cigarrillos, debiéndole dinero a la dueña de la casa. Los doscientos rubles que le habían arvancado a Mitia en Mokróie habían desaparecido enseguida.
Pero a Grushenka le sorprendió que la recibieran con una dignidad arrogante y aires de suficiencia, con el mayor puntillo y discursos ampulosos. Grushenka se limitó a reírse y le dio diez rubles a su antiguo admirador.
Luego, riendo, se lo contó a Mitia y este no se puso celoso en lo más mínimo. Pero, desde entonces, los polacos se habían pegado a Grushenka y la bombardeaban a diario con peticiones de dinero, y ella siempre les mandaba pequeñas sumas. Y ahora, aquel día, a Mitia se le había metido en la cabeza estar celoso de manera terrible.
—Como una tonta, fui a verlo solo un minuto, de camino a ver a Mitia, porque él también está enfermo, mi polaco —comenzó Grushenka de nuevo con apresuramiento nervioso—. Me estaba riendo, contándoselo a Mitia. «Imagina —le dije—, ¡mi polaco tuvo la feliz ocurrencia de cantarme sus viejas canciones con la guitarra! ¡Pensaba que me iba a emocionar y me casaría con él!». Mitia saltó maldiciendo... ¡Así que nada, les mandaré las empanadas! Fenia, ¿es esa niñita la que han enviado? Toma, dale tres rublos y envuelve una docena de empanadas en un papel y dile que se las lleve. Y tú, Alesha, asegúrate de decirle a Mitia que sí le mandé las empanadas.
—No se lo