agonías: ¡existo! Me atormentan en el potro, ¡pero existo! Aunque me siente solo en una columna, ¡existo! Veo el sol, y si no veo el sol, sé que está ahí. Y hay toda una vida en eso, en saber que el sol está ahí. Aliosha, ángel mío, todas estas filosofías son mi perdición. ¡Que las den a todos los demonios! El hermano Iván...
—¿Y del hermano Iván? —interrumpió Aliosha, pero Mitia no oyó.
—Verás, antes nunca tuve ninguna de estas dudas, pero todo eso estaba escondido en mí. Quizá fue precisamente porque en mí bullían ideas que no comprendía por lo que yo solía beber, pelear y armar escándalos. Era para ahogarlas en mí, para aquietarlas, para sofocarlas. Iván no es Rakitin, en él hay una idea. Iván es una esfinge y calla; siempre calla. Lo que me atormenta es Dios. Es lo único que me atormenta. ¿Y si no existe? ¿Y si Rakitin tiene razón, y es una idea inventada por los hombres? Pues bien, si Él no existe, el hombre es el rey de la tierra, del universo. ¡Magnífico! Solo que ¿cómo va a ser bueno sin Dios? Esa es la cuestión. Siempre vuelvo a lo mismo. ¿A quién va a amar entonces el hombre? ¿A quién le estará agradecido? ¿A quién le cantará el himno? Rakitin se ríe. Rakitin dice que se puede amar a la humanidad sin Dios. Bueno, solo un imbécil llorón puede sostener eso. No lo entiendo. Para Rakitin la vida es fácil. «Más te valdría pensar en la ampliación de los derechos cívicos, o incluso en abaratar el precio de la carne. Con eso demostrarás tu amor a la humanidad de un modo más simple y directo que con la filosofía». Yo