fijamente con una larga expresión de asombro y una luz pareció iluminar su rostro.
—Rakitin —dijo de pronto, con voz firme y alta—, no me reproches haberme rebelado contra Dios. No quiero enfadarme contigo, así que tú también debes ser más bondadoso; he perdido un tesoro como jamás has tenido, y ahora no puedes juzgarme. Harías mucho mejor en mirarla a ella; ¿ves cómo se compadece de mí? Vine aquí en busca de un alma perversa; me sentía atraído por el mal porque yo mismo era vil y perverso, y he encontrado una verdadera hermana, he encontrado un tesoro: un corazón amante. Ella se ha compadecido de mí hace un momento... Agrafena Alexandrovna, estoy hablando de ti. Has levantado mi alma de las profundidades.
A Alekséi le temblaban los labios y le faltaba el aliento.
—Parece que te ha salvado —se rio Rakitin con malicia—. Y