muchacha junto a la ventana.
—¿Habéis oído nuestra noticia? —dijo la madre, señalando a sus hijas—. Es como cuando llegan nubes; las nubes pasan y volvemos a tener música. Cuando estábamos con el ejército, solíamos tener muchos huéspedes así. No pretendo hacer comparaciones; cada uno a su gusto. La mujer del diácono solía venir entonces y decía: «Alexandr Alexandrovitch es un hombre del corazón más noble, pero Nastasya Petrovna —solía decir— es de la ralea del infierno». «Bueno —le dije—, eso es cuestión de gustos; pero tú eres una pequeña furia». «Y a ti hay que ponerte en tu sitio», dice ella. «Tú, espada negra —le dije—, ¿quién te pidió que me enseñaras?». «Pero mi aliento —dice ella— está limpio, y el tuyo está sucio». «Pregúntale a todos los oficiales si mi aliento está sucio». Y desde entonces se me quedó grabado en