nosotros. Esto es lo que nuestro Dios nos ha enseñado y no que prohibir a los hijos asesinar a sus padres sea un prejuicio. Y nosotros no vamos a corregir desde la tribuna de la verdad y el buen sentido el Evangelio de nuestro Señor, a Quien el abogado defensor se digna llamar tan solo «el amante de la humanidad crucificado», en oposición a toda la Rusia ortodoxa, que le clama: «¡Porque Tú eres nuestro Dios!»”.
A esto el presidente intervino y frenó al orador demasiado entusiasta, rogándole que no exagerara, que no traspasara los límites, etcétera, como los presidentes siempre hacen en tales casos. El público también estaba inquieto. La concurrencia se mostraba agitada: hubo incluso exclamaciones de indignación. Fetyukóvich ni se dignó a responder; se limitó a subir a la tribuna para llevarse la mano al corazón y, con voz ofendida, pronunciar unas pocas palabras llenas de dignidad. Apenas volvió a tocar, con ligereza e ironía, los temas de «inventar novelas» y de la «psicología», y en el momento oportuno citó: «Júpiter, te enojas, luego no tienes razón», lo que provocó una salva de risas aprobatorias entre el público, pues Hipolit Kirílovich no se parecía en nada a Júpiter. Luego, a propósito de la acusación de que estaba enseñando a la joven generación a asesinar a sus padres, Fetyukóvich observó, con gran dignidad, que ni siquiera se tomaría la molestia de responder. En cuanto al cargo del fiscal de expresar opiniones heterodoxas, Fetyukóvich insinuó que se trataba de una alusión personal y que esperaba que en este tribunal se le garantizara la inmunidad frente a acusaciones «perjudiciales para mi reputación como ciudadano y súbdito leal». Pero ante estas palabras el presidente lo detuvo también, y Fetyukóvich concluyó su discurso con una reverencia, en medio de un murmullo de aprobación en la sala.