“Mi secreto está en sus manos. Cuando venga mañana, no sé cómo podré mirarlo. Ah, Alekséi Fiódorovitch, y si no logro contenerme como una tonta y me río al mirarlo como hoy. Pensará que soy una malcriada que se burla de usted, y no creerá en mi carta. Por eso le ruego, querido, si me tiene un poco de piedad, que cuando venga mañana no me mire directamente a los ojos, porque si me encuentro con su mirada, seguro que me hará reír, sobre todo con esa sotana tan larga. Se me hiela todo el cuerpo de pensarlo, así que, cuando venga, no me mire en absoluto por un rato, mire a mamá o a la ventana… > > “Aquí le he escrito una carta de amor. Ay, Dios mío, ¿qué he hecho? Aliosha, no me desprecie, y si he hecho algo muy feo y lo he ofendido, perdóneme. Ahora el secreto de mi reputación, arruinada quizá para siempre, está en sus manos. > > “Seguramente lloraré
Aliosha leyó la nota con asombro, la leyó dos veces de cabo a rabo, reflexionó un instante y de pronto soltó una risa suave y dulce. Se sobresaltó. Aquella risa le pareció pecaminosa. Pero un minuto después volvió a reír con la misma suavidad y felicidad.
Guardó lentamente la nota en el sobre, se santigüó y se acostó. La agitación de su corazón se calmó al instante.
«Dios mío, ten piedad de todos ellos, ten bajo Tu amparo a todas estas almas infelices y turbulentas, y condúcelas por el buen camino. Tuyos son todos los caminos. Sálvalas según Tu sabiduría. Tú eres amor. ¡Tú enviarás alegría a todos!»
Murmuró Aliosha, santiguándose y cayendo en un sueño apacible.