entumecido y no hago más que gemir y lamentarme! He probado con toda la facultad médica: diagnostican de maravilla, tienen toda tu enfermedad al dedillo, pero no tienen ni idea de cómo curarte. Había por aquí un estudiante muy entusiasta que me dijo: “¡Podrá usted morir, pero sabrá perfectamente de qué enfermedad se muere!”. Y luego, ¡qué manía tienen de mandar a la gente a los especialistas! “Nosotros solo diagnosticamos —dicen—, pero vaya a tal o cual especialista, él lo curará”. El viejo médico que solía curar toda clase de enfermedades ha desaparecido por completo, te lo aseguro; ahora solo hay especialistas y todos se anuncian en los periódicos. Si te pasa algo en la nariz, te mandan a París: allí, dicen, hay un especialista europeo que curara narices. Si vas a París, te mirará la nariz; “yo solo puedo curarle la fosa nasal derecha —te dirá—, porque yo no curo la fosa nasal izquierda, esa no es mi especialidad, pero váyase a Viena, que allí hay un especialista que le curará la fosa nasal izquierda”. ¿Qué vas a hacer? Recurrí a los remedios populares; un médico alemán me aconsejó que me frotaba con miel y sal en los baños públicos. Fui únicamente por tomar un baño extra, me unté por completo y no me sirvió de nada. Desesperado, le escribí al conde Mattei en Milán. ¡Dios me lo bendiga, me mandó un libro y unas gotas, y, figúrate, lo que me curó fue el extracto de malta de Hoff! Lo compré por casualidad, me bebí una botella y media, y estaba para ponerme a bailar, me lo quitó por completo. Me propuse escribir a los periódicos para darle las gracias, me impulsaba un sentimiento de gratitud, y figúrate,
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Libro XI. I. En casa de Grúshenka
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