Me duele la cabeza y estoy triste”.
—Hablas con un aire extraño —observó Aliosha con inquietud—, como si no estuvieras del todo en ti.
—A propósito, un búlgaro que conocí hace poco en Moscú —prosiguió Iván, pareciendo no escuchar las palabras de su hermano—, me habló de los crímenes cometidos por turcos y circasianos en todas partes de Bulgaria por miedo a un levantamiento general de los eslavos. Queman aldeas, asesinan, ultrajan a mujeres y niños, clavan a sus prisioneros por las orejas a las cercas, los dejan así hasta la mañana y por la mañana los ahorcan, toda clase de cosas que uno no puede ni imaginar. A veces se habla de crueldad bestial, pero eso es una gran injusticia e insulto para las bestias; una bestia nunca puede ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente cruel. El tigre solo desgarra y muerde, eso es todo lo que puede hacer. Jamás se le ocurriría clavar a la gente por las orejas, aun si fuera capaz de hacerlo. Estos turcos también se complacían en torturar niños; sacando al niño no nacido del vientre de la madre y lanzando a los bebés al aire para atraparlos en las puntas de sus bayonetas ante los ojos de sus madres. Hacerlo ante los ojos de las madres era lo que le daba gracia a la diversión. He aquí otra escena que me pareció muy interesante. Imagina a una madre temblando con su bebé en brazos, un círculo de turcos invasores a su alrededor. Han planeado una distracción: acarician al bebé, se ríen para hacerlo reír. Lo logran, el bebé se ríe. En ese momento un turco le apunta con una pistola a cuatro pulgadas de la cara del bebé. El bebé ríe alegremente, extiende sus manitas hacia la pistola, y él aprieta el gatillo contra la cara del bebé y le vuela los sesos. Artístico, ¿no?