no se lo permitan. Sabemos que va a todas partes. No son buenos modales que yo lo invite. Él debió haber pensado en eso primero, si no me ha olvidado. ¡No, ahora está salvando su alma! ¿Por qué le han puesto esa sotana larga? Si corre, se caerá.
Y de pronto ocultó el rostro en la mano y prorrumpió en una risa irresistible, prolongada, nerviosa e inaudible.
El anciano la escuchó con una sonrisa y la bendijo tiernamente. Al besarle la mano, ella se la apretó de repente contra los ojos y rompió a llorar.
—No te enfades conmigo. Soy tonta y no sirvo para nada… y tal vez Aliosha tenga razón, toda la razón, en no querer venir a ver a una muchacha tan ridícula.
—Ciertamente se lo enviaré —dijo el mayor.
V
¡Así sea! ¡Así sea!
La ausencia del anciano