que poseía un conocimiento práctico de su labor y visiones progresistas. Era más bien ambicioso, pero no se preocupaba demasiado por su futura carrera. El gran objetivo de su vida era ser un hombre de ideas avanzadas. Era, además, un hombre de influencias y propiedades. Sentía, según supimos más tarde, bastante interés por el caso Karamázov, pero desde un punto de vista social, no personal. Le interesaba como fenómeno social, en su clasificación y su carácter como producto de nuestras condiciones sociales, como típico del carácter nacional, etcétera, etcétera. Su actitud ante el aspecto personal del caso, ante su trágica significación y las personas involucradas en él, incluido el prisionero, era bastante indiferente y abstracta, como tal vez correspondía, en verdad.
El tribunal estaba abarrotado y desbordado mucho antes de que hicieran su aparición los jueces. Nuestra sala es la mejor del pueblo: espaciosa, alta y de buena acústica. A la derecha de los jueces, que se encontraban en una plataforma elevada, se habían dispuesto una mesa y dos filas de sillas para el jurado. A la izquierda estaba el lugar para el preso y el abogado defensor. En el centro de la sala, cerca de los jueces, había una mesa con las «pruebas materiales». Sobre ella yacían la bata de seda blanca de Fiódor Pávlovich, manchada de sangre; la fatídica mano de mortero de latón con la que se había cometido el supuesto asesinato; la camisa de Mitia, con una manga manchada de sangre; su chaqueta, manchada de sangre en parches sobre el bolsillo en el que se había guardado el pañuelo; el pañuelo mismo, tieso de sangre y ya bastante amarillento; la pistola cargada por Mitia en casa de Perjotin con intención de suicidarse, y quitada a escondidas en Mokróie por Trifón Borísovich; el sobre en el que se habían preparado los