a pasar nada; ¿es que no puede acabar de creérselo? Váyase a casa, a la cama y duerma en paz, no le tema a
“No te comprendo. … ¿A qué le voy a tener miedo mañana?”, articuló Iván estupefacto, y de repente un hálito helado de miedo cruzó en efecto por su alma. Smerdiakov lo escrutó con la mirada.
—¿No lo comprende? —arrastró las palabras con reproche—. ¡Es extraño que a un hombre sensato le importe representar semejante farsa!
Iván lo miró sin palabras. El tono desconcertante e increíblemente altanero de aquel hombre que en su día había sido su ayuda de cámara era extraordinario en sí mismo. Ni siquiera había adoptado semejante tono en su última entrevista.
“Te digo que no tienes nada que temer. No diré nada de ti; no hay pruebas en tu contra. Oye, ¡cómo te tiemblan las manos! ¿Por qué