pelliza burda y remendada, y caminaba haciendo eses, refunfuñando y maldiciendo para sus adentros. De repente, rompía a cantar con voz ronca de borracho:
«Ah, Vanka se ha ido a Petersburgo; no voy a esperar a que vuelva».
Pero se interrumpía siempre en el segundo verso y volvía a soltar maldiciones; luego empezaba la misma canción otra vez. Iván sintió un odio intenso hacia él antes incluso de haberse parado a pensar en él. De repente se dio cuenta de su presencia y sintió un impulso irresistible de derribarlo de un golpe. En ese momento se cruzaron, y el campesino, con un violento traspié, se le vino encima de pleno a Iván, quien lo empujó con furia. El campesino salió disparado hacia atrás y cayó como un tronco sobre el suelo helado. Soltó un quejido lastimero: «¡Ahhh!», y luego guardó silencio. Iván se acercó