horrorizados o fingimos estarlo, aunque en realidad nos regodeamos con el espectáculo y nos encantan las sensaciones fuertes y excéntricas que cosquillean nuestra ociosidad cínica y mimada. O, como niños pequeños, espantamos los espantosos fantasmas y escondemos la cabeza en la almohada para volver a nuestros juegos y regocijos tan pronto como hayan desaparecido. Pero un día debemos comenzar la vida con seria sensatez, debemos mirarnos a nosotros mismos como sociedad; es hora de que intentemos comprender algo de nuestra posición social, o al menos de dar un primer paso en esa dirección.
«Un gran escritor de la época pasada, comparando a Rusia con una veloz troika que galopa hacia un destino desconocido, exclama: “¡Oh, troika, troika pájaro, quién te inventó!”, y añade, en orgulloso éxtasis, que todos los pueblos del mundo se apartan respetuosamente para dejar pasar a la troika que galopa desenfrenadamente.
Puede ser, tal vez se aparten, con respeto o sin él, pero, en mi pobre opinión, el gran escritor terminó su libro de este modo ya sea en un acceso de infantil y naíf optimismo, o simplemente por miedo a la censura de la época.
Pues si la troika estuviera tirada por sus héroes, Sobakévich, Nozdriov, Chíchikov, no podría llegar a ningún destino racional, por mucho que la condujera quienquiera que fuese. Y esos eran los héroes de una generación más antigua, los nuestros son todavía peores especímenes...»
En este momento el discurso de Hipólito Kirílovich fue interrumpido por unos aplausos. Se supo apreciar la importancia liberal de aquel símil. Los aplausos fueron, es verdad, de breve duración, de modo que el presidente no creyó necesario advertir al público y se limitó a mirar con severidad en dirección a los infractores. Pero Hipólito Kirílovich se sintió animado; ¡nunca antes lo habían aplaudido! Toda su vida había sido incapaz de hacerse