sobre el recién nacido siguió siendo la misma. Sin embargo, no interfirió en absoluto. Mientras vivió la enfermiza criatura, casi ni la miró, intentó de hecho no reparar en ella y, la mayor parte del tiempo, se mantuvo alejado de la isba.
Pero cuando, al cabo de dos semanas, el bebé murió de aftas, él mismo colocó al niño en su pequeño ataúd, lo miró con profundo dolor y, cuando iban a rellenar la pequeña y poco profunda fosa, cayó de rodillas y se inclinó hasta la tierra.
Durante años no volvió a mencionar a su hijo, ni Marfa habló del bebé delante de él, y, aun cuando Grigory no estuviera presente, jamás hablaba de ello más que en un susurro.
Marfa observó que, desde el día del entierro, él se entregó a la «religión» y se dedicó a leer las Vidas de los santos, las más de las veces sentado a solas y en silencio, y poniéndose siempre sus grandes gafas redondas con montura de plata. Rara vez leía en voz alta, quizás solo durante la Cuaresma. Le gustaba el Libro de Job y de algún modo había conseguido un ejemplar de los dichos y sermones del «temeroso de Dios, el padre Isaac de Nínive» [o el Sirio], que leyó con insistencia durante años enteros, entendiendo muy poco de ello, pero quizás valorándolo y amándolo aún más por eso.
Últimamente había empezado a escuchar las doctrinas de la secta de los flagelantes establecida en el vecindario. Estaba evidentemente conmovido por ellas, pero consideraba impropio pasarse a la nueva fe. Su hábito de lectura teológica le confería una expresión de aún mayor gravedad.
Él estaba quizás predispuesto al misticismo. Y el nacimiento