vez, su convenio, ¿me oye? ¡Pórtese bien o se las haré pagar! —tuvo tiempo de mascullar de nuevo Miúsov.
—No puedo entender por qué estás tan alterado —observó Fiódor Pávlovitch con sarcasmo.
—¿Te inquietan tus pecados? Dicen que con solo mirarle a los ojos a uno adivina a qué ha venido. ¡Y lo mucho que te importa su opinión! Tú, un parisino tan avanzado. Me extraña de ti.
Pero Miüsov no tuvo tiempo de responder a este sarcasmo. Les rogaron que pasaran. Entró, algo irritado.
«Ahora bien, yo me conozco, estoy irritado, perderé la paciencia y empezaré a discutir, y a rebajarme a mí mismo y a mis ideas», reflexionó.
II
El viejo bufón
Entraron en la habitación casi al mismo tiempo que el anciano salía de su dormitorio. Ya se encontraban en la celda, esperando al anciano, dos monjes de la ermita: