otras palabras, pero de repente dio media vuelta bruscamente y salió de la celda.
Tampoco se detuvo en los escalones, sino que bajó rápidamente; su alma, desbordante de arrobamiento, anhelaba la libertad, el espacio, la inmensidad.
La bóveda del cielo, llena de estrellas suaves y brillantes, se extendía vasta e inescrutable sobre él. La Vía Láctea corría en dos pálidos arroyos desde el cenit hasta el horizonte. La noche fresca, inmóvil y quieta envolvía la tierra.
Las blancas torres y las cúpulas doradas de la catedral brillaban contra el cielo de zafiro. Las magníficas flores de otoño, en los arriates alrededor de la casa, dormitaban hasta la mañana.
El silencio de la tierra parecía fundirse en el silencio de los cielos. El misterio de la tierra era uno con el misterio de las estrellas. …
Alejo se quedó de pie, contempló y de pronto se