deprimido; lo extraño era que Iván no habría sabido decir cuál era la causa. Ya antes se había sentido deprimido a menudo, y no era de sorprender que se sintiera así en un momento como aquel, en el que había roto con todo lo que lo había traído hasta allí, y se disponía ese día a empezar de nuevo y a adentrarse en un futuro nuevo y desconocido. Volvería a estar tan solo como siempre y, aunque abrigaba grandes esperanzas y grandes —demasiado grandes— expectativas respecto a la vida, no habría sabido dar razón exacta de sus esperanzas, de sus expectativas ni siquiera de sus deseos.
Y en ese momento, aunque el temor a lo nuevo y desconocido indudablemente tenía cabida en su corazón, lo que le preocupaba era algo muy distinto. —¿Es acaso repugnancia hacia la casa de mi padre? —se preguntó. > «Es muy probable; estoy tan harto de ella; y aunque sea la última