se quitó la toalla de un tirón y volvió a pasearse de un lado a otro de la habitación. Aliosha recordó lo que acababa de decir: «Me parece que estoy durmiendo despierto. … Ando, hablo, veo, pero estoy dormido». Ahora parecía ser exactamente así. Aliosha no lo dejó. Le pasó por la cabeza la idea de ir a buscar a un médico, pero temía dejar a su hermano solo: no había nadie a quien pudiera encomendárselo. Por fin, Iván fue perdiendo el conocimiento por completo gradualmente. Seguía hablando, hablando sin cesar, pero de forma muy incoherente, y hasta articulaba las palabras con dificultad. De repente dio un tropiezo muy fuerte, pero Aliosha llegó a tiempo de sostenerlo. Iván se dejó guiar hasta su cama. Aliosha lo desvistió como pudo y lo acostó. Se quedó vigilándolo durante otras dos horas. El enfermo dormía profundamente, sin moverse, respirando suave y rítmicamente. Aliosha cogió una almohada y se tendió en el sofá, sin desvestirse.
Al quedarse dormido rezó por Mitia y por Iván. Empezaba a comprender la enfermedad de Iván.
«La angustia de una orgullosa determinación. ¡Una conciencia sincera!».
Dios, en quien no creía, y su verdad se estaban adueñando de su corazón, que aún se negaba a someterse.
«Sí», flotó el pensamiento en la mente de Aliosha mientras su cabeza reposaba en la almohada, «sí, si Smerdiakov ha muerto, nadie creerá el testimonio de Iván; pero él irá a darlo».
Aliosha sonrió con suavidad. «¡Dios vencerá!», pensó.
«O bien se alzará en la luz de la verdad, o bien… perecerá en el odio, vengándose de sí mismo y de todos por haber servido a la causa en la que no cree», añadió Aliosha con amargura, y volvió a rezar por Iván.