como sé por experiencia. Tan pronto como alguien está cerca de mí, su personalidad perturba mi autocomplacencia y restringe mi libertad. En veinticuatro horas empiezo a odiar al mejor de los hombres: a uno porque tarda demasiado en cenar; a otro porque está resfriado y no para de sonarse la nariz. Me vuelvo hostil hacia la gente en el momento en que se me acercan. Pero siempre ha ocurrido que, cuanto más detesto a los hombres individualmente, más ardiente se vuelve mi amor por la
—¿Pero qué se va a hacer? ¿Qué se puede hacer en un caso así? ¿Hay que desesperar?
«No. Basta con que te angustie. Haz lo que puedas, y se te tendrá en cuenta. Ya se ha hecho mucho en ti desde el momento en que puedes conocerte tan profunda y sinceramente. Si has estado hablando conmigo con