paz y desistían de mofarse de él llamándolo «tuercebotas», y lo que es más, lo miraban con compasión como a una debilidad. Siempre fue uno de los mejores de la clase, pero nunca el primero.
En el momento de la muerte de Yefim Petróvich, a Alyosha le quedaban dos años más para terminar el gimnasio de provincia.
La inconsolable viuda se fue casi inmediatamente después de la muerte de su esposo a pasar una larga temporada en Italia con toda su familia, que constaba únicamente de mujeres y niñas.
Alyosha se fue a vivir a la casa de dos parientes lejanas de Yefim Petróvich, unas señoras a las que no había visto nunca antes. En qué condiciones vivía con ellas, él mismo no lo sabía.
En verdad, era muy propio de él no preocuparse nunca a costa de quién vivía. En ese aspecto era un contraste llamativo con su hermano mayor, Iván, quien luchó contra la pobreza