en la conciencia. Todo esto se le explicará detalladamente al lector más adelante, pero ahora, cuando su última esperanza se había desvanecido, aquel hombre, de apariencia tan fuerte, prorrumpió en llanto como un niño pequeño a pocos pasos de la casa de los Jolakov. Caminaba sin saber lo que hacía, secándose las lágrimas con el puño. De este modo llegó a la plaza y de repente se dio cuenta de que había tropezado con algo. Oyó el grito estridente de una vieja a la que casi había atropellado.
—¡Dios mío, casi me matas! ¿Por qué no miras por dónde vas, granuja?
—¡Vaya, si es usted! —exclamó Mitia, reconociendo a la anciana en la oscuridad. Era la vieja criada que atendía a Samsónov, en quien Mitia se había fijado especialmente el día anterior.
—¿Y usted quién es, buen