o botas—, lo dejaba allí y se marchaba descalza en su camisola como antes.
Sucedió en cierta ocasión que un nuevo gobernador de la provincia, al realizar una visita de inspección a nuestra ciudad, vio a Lizaveta y se sintió herido en su más tierna sensibilidad.
Y aunque le dijeron que era una idiota, sentenció que para una joven de veinte años andar por ahí en camisa sola era una falta a las buenas costumbres y no debía volver a suceder.
Pero el gobernador siguió su camino, y Lizaveta se quedó como estaba.
Por fin murió su padre, lo que la hizo aún más grata a los ojos de las personas religiosas del pueblo, en calidad de huérfana. De hecho, a todo el mundo parecía agradarle; ni siquiera los muchachos la molestaban, y los muchachos de nuestro pueblo, especialmente los escolares, son un