se despertó.
De nuevo el ataúd, la ventana abierta y la lectura suave, solemne y clara del Evangelio. Pero Aliosha no escuchaba la lectura. Era extraño, se había quedado dormido de rodillas, pero ahora estaba de pie y de pronto, como impulsado hacia adelante, con tres pasos firmes y rápidos se acercó directamente al ataúd. Su hombro rozó al padre Paisi sin que se diera cuenta. El padre Paisi levantó los ojos un instante de su libro, pero volvió a desviar la mirada enseguida al ver que algo extraño le sucedía al muchacho. Aliosha contempló durante medio minuto el ataúd, al difunto cubierto e inmóvil que yacía en él, con el icono sobre el pecho y la gorra de visera con la cruz octogonal en la cabeza. No hacía más que oír su voz, y esa voz aún le zumbaba en los oídos. Escuchaba, esperando aún