había hecho, y no atormentarse con remordimientos, sino hacer lo que tenía que hacer, viniera lo que viniera. Con ese pensamiento quedó completamente reconfortado. Al doblar hacia la calle donde se hospedaba Dmitri, sintió hambre y, sacando del bolsillo el panecillo que se había traído de casa de su padre, se lo comió. Eso lo hizo sentirse con más fuerza.
Dmitri no estaba en casa. Los moradores de la casa, un viejo ebanista, su hijo y su anciana esposa, miraban a Aliosha con evidente sospecha.
—No ha dormido aquí en las últimas tres noches. Quizá se haya ido —dijo el viejo en respuesta a las insistentes preguntas de Aliosha.
Aliosha vio que aquel respondía siguiendo instrucciones. Cuando preguntó si no estaría en casa de Grushenka o escondido en lo de Foma (Aliosha hablaba con tanta libertad a propósito), los tres lo miraron alarmados.
- «Lo quieren, están haciendo todo lo posible por él», pensó Aliosha.
- «Eso es bueno».
Al fin encontró la casa en la calle del Lago. Era una casita destartalada, hundida por un lado, con tres ventanas que daban a la calle y un patio embarrado, en cuyo centro había una vaca solitaria. Cruzó el patio y encontró la puerta que daba al pasillo. A la izquierda del pasillo vivía la anciana de la casa con su hija anciana. Ambas parecían estar sordas. En respuesta a su repetida pregunta por el capitán, una de ellas al fin comprendió que preguntaba por sus huéspedes y señaló una puerta al otro lado del pasillo. El alojamiento del capitán resultó ser una sencilla habitación de casilla. Alioša tenía la mano en el picaporte de hierro para abrir la puerta, cuando le llamó la atención el extraño silencio del