dio auténtico miedo hacerlo, porque me habrías vapuleado por atreverme a lucir la estrella del León y el Sol en el pecho en lugar de, al menos, la de la Estrella Polar o la de Sirius. Y sigues diciendo que soy estúpido, pero, ¡por Dios! No pretendo ser tu igual en inteligencia. Mefistófeles le declaró a Fausto que deseaba el mal, pero que solo hacía el bien. Bueno, él puede decir lo que quiera, conmigo ocurre exactamente lo contrario. Soy quizás el único ser en toda la creación que ama la verdad y desea sinceramente el bien. Yo estaba allí cuando el Verbo, que murió en la Cruz, subió a los cielos llevando sobre su pecho el alma del ladrón arrepentido. Oí los alegres gritos de los querubines cantando y vitoreando hosanas y el trueno rebosante de éxtasis de los serafines que hizo temblar el cielo y toda la creación, y te juro por todo lo más sagrado que anhelaba unirme al coro y gritar hosana con todos ellos. La palabra casi se me había escapado, casi se me había desprendido de los labios… Ya sabes cuán impresionable y estéticamente receptivo soy. ¡Pero el sentido común —ay, un rasgo de lo más desafortunado en mi carácter— me mantuvo en los límites debidos y dejé pasar el momento! Pues, ¿qué habría pasado —pensé—, qué habría pasado después de mi hosana? Todo en la tierra se habría extinguido al instante y no habría podido ocurrir ningún acontecimiento. Y así, únicamente por un sentido del deber y de mi posición social, me vi obligado a reprimir el buen momento y a atenerme a mi desagradable tarea. Alguien se adjudica todo el mérito de lo bueno para sí mismo, y a mí no
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Libro XI. I. En casa de Grúshenka
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