se suavizará y se transformará en la dulce contemplación de la realización de un designio audaz y orgulloso. Sí, orgulloso sin duda, y desesperado en cualquier caso, pero un triunfo para usted. Y la conciencia de ello será al fin una fuente de completa satisfacción y la resignará a todo lo demás.
Esto fue dicho sin duda con cierta malicia y obviamente con intención; tal vez incluso sin deseo alguno de ocultar que hablaba irónicamente y con intención.
—¡Ay, Dios mío, qué equivocado está todo! —volvió a exclamar madame Jolákov.
—¡Alexey Fiódorovitch, hable usted! ¡Tengo un miedo terrible de saber lo que va a decir! —exclamó Katerina Ivánovna, y prorrumpió en llanto.
Aliosha se levantó del sofá.
—¡No es nada, nada! —siguió diciendo a través de las lágrimas—. Estoy alterada, no dormí anoche. Pero al lado de dos amigos como usted y su hermano