juzgado? ¿Quién pudo haber decretado esto? Esas eran las preguntas que atormentaban su corazón inexperto y virginal. No podía soportar sin humillación, y aun sin resentimiento, que el más santo de los hombres santos hubiera quedado expuesto a las burlas y a la maliciosa mofas de la multitud frívola, tan inferior a él. Aun de no haber mediado milagros, de no haber existido nada maravilloso para justificar sus esperanzas, ¿a qué se debía esta indignidad, esta humillación, este prematuro deterioro, «exceso de la naturaleza», como decían los rencorosos monjes? ¿Por qué esa «señal del cielo», que aclamaban tan triunfantes en compañía del padre Ferapont, y por qué creían haber ganado el derecho a aclamarla? ¿Dónde está el dedo de la Providencia? ¿Por qué la Providencia ocultó su rostro «en el momento más crítico» (así lo pensaba Aliosha), como si se sometiera voluntariamente a las leyes ciegas, mudas y despiadadas de la naturaleza?
Por eso el corazón de Aliosha sangraba y, desde luego, como ya he dicho, ¡lo más doloroso de todo era que el hombre al que amaba por encima de todas las cosas en la tierra fuera avergonzado y humillado! Este murmurio tal vez fuera superficial e insensato en mi héroe, pero lo repito por tercera vez —y estoy dispuesto a admitir que tal vez sea difícil defender mi sentimiento—, me alegro de que mi héroe no se mostrara demasiado sensato en aquel momento, pues cualquier hombre con sentido común siempre vuelve a la razón a su debido tiempo; pero, si el amor no prevalece en el corazón de un muchacho en un momento tan excepcional, ¿cuándo lo hará? No dejaré de mencionar, sin embargo, algo extraño que afloró temporalmente a la superficie de la mente de Aliosha en este