Agrafena Alexandrovna», y se lo mandó
Después de meditarlo un poco, Samsónov le dijo al muchacho que llevara al visitante a la sala, y mandó a la vieja abajo a llamar a su hijo menor para que subiera inmediatamente a verlo.
Este hijo menor, un hombre de más de seis pies y de una fuerza física excepcional, que estaba bien afeitado y vestido a la europea, aunque su padre todavía llevaba caftán y barba, acudió enseguida sin hacer un solo comentario. Toda la familia temblaba ante el padre.
El viejo había mandado a llamar a este gigante, no porque tuviera miedo del «capitán» (no era en absoluto de natural pusilánime), sino para tener un testigo en caso de cualquier imprevisto. Apoyado por su hijo y por el criado, entró por fin pavoneándose en la sala.
Cabe suponer que sentía una curiosidad considerable. La sala en la que Mitia lo estaba aguardando era una estancia vasta y sombría que oprimía el corazón con una pesada melancolía. Tenía una doble hilera de ventanas, un balcón interior, paredes marmoleadas y tres inmensas lámparas de araña con colgantes de vidrio cubiertos de fundas.
Mitia estaba sentado en una sillita a la entrada, esperando su destino con impaciencia nerviosa. Cuando el viejo apareció en la puerta de enfrente, a veinte metros de distancia, Mitia se levantó de un salto y, con su larga zancada militar, caminó a su encuentro. Mitia iba bien vestido, con una levita abotonada, sombrero redondo y guantes negros en las manos, tal como había estado tres días antes en lo del starets, en la reunión familiar con su padre y sus hermanos. El