en su mente ninguna línea de defensa. Lo cogieron desprevenido y lo pusieron ante sus jueces, los árbitros de su destino.
“Señores jurados, hay momentos en el desempeño de nuestros deberes en los que nos resulta terrible encararnos a un hombre, ¡terrible también por causa suya!
Los momentos de contemplar ese miedo animal, cuando el criminal ve que todo está perdido, pero aun así lucha, aún pretende luchar, los momentos en que cada instinto de autoconservación se alza en él de golpe y te mira con ojos interrogantes y sufrientes, te estudia, a ti, a tu rostro, a tus pensamientos, inseguro de por dónde vas a asestar el golpe, y su mente extraviada urde miles de planes en un instante, ¡pero aún teme hablar, teme delatarse!
Este purgatorio del espíritu, esta sed animal de autoconservación, estos momentos humillantes del alma humana, son espantosos, y a veces despiertan horror y compasión hacia el criminal incluso en el fiscal. Y esto fue lo que todos presenciamos entonces.
“Al principio se quedó consternado y, presa del pánico, soltó frases muy comprometedoras: «¡Sangre! ¡Me lo he merecido!». Pero se reprimió enseguida. No llevaba preparada ninguna réplica, ninguna respuesta; no tenía lista más que una negativa rotunda: «No soy culpable de la muerte de mi padre». Esa era su defensa por el momento, y tras ella confiaba en levantar algún tipo de barricada. Sus primeras exclamaciones comprometedoras se apresuró a explicarlas declarando que él era únicamente responsable de la muerte del criado Grigori. «De ese derramamiento de sangre soy culpable, pero ¿quién ha matado a mi padre, caballeros, quién lo ha matado? ¿Quién puede haberlo matado, sino yo?». ¿Oyen?, ¡nos preguntó eso a nosotros, que habíamos venido a hacerle esa pregunta! ¿Oyen esa frase pronunciada con tanta prematura prisa —«sino yo»—, con toda su astucia animal, su ingenuidad, su