solo fuera una vez, y encima no salió bien. El viejo, que me ha reprochado lo que jamás sucedió, ni siquiera sabe de esto; jamás se lo conté a nadie. Tú eres el primero, aparte de Iván, por supuesto; Iván lo sabe todo. Lo supo mucho antes que tú. Pero Iván es una tumba.
“¿Ivan es una tumba?”
“Sí.”
Alejo escuchaba con gran atención.
“Yo era teniente en un regimiento de línea, pero aún así estaba bajo vigilancia, como una especie de presidiario. Sin embargo, fui maravillosamente bien recibido en el pueblecito. Gastaba dinero a manos llenas. Me creían rico; yo mismo me lo creía. Pero debí de agradarles también de otras maneras. Aunque negaban con la cabeza por mi causa, me querían. Mi coronel, que era un hombre anciano, me cogió una antipatía repentina. Siempre andaba detrás de mí, pero yo tenía amigos influyentes y, además, todo el pueblo estaba de mi parte, así que no podía hacerme mucho daño. La culpa fue mía por negarme a tratarlo con el respeto adecuado. Yo era orgulloso. Este viejo testarudo, que en realidad era muy buena persona, bondadoso y hospitalario, había tenido dos mujeres, ambas muertas. Su primera esposa, que era de familia humilde, dejó una hija tan modesta como ella. Era una joven de veinticuatro años cuando yo estuve allí, y vivía con su padre y una tía, hermana de su madre. La tía era sencilla y analfabeta; la sobrina, sencilla pero vivaz. Me gusta decir cosas agradables de la gente. Nunca conocí a una mujer de carácter más encantador que Agafya—¡imagínate, se llamaba Agafya Ivánovna! Y tampoco era fea, al estilo ruso: alta, robusta, de formas plenas y hermosos ojos, aunque de rostro