la manera más indecorosa por ello. Y para colmo de males, con el fin de arreglar las cosas, comencé a contar una anécdota muy culta sobre Piron, cómo no fue aceptado en la Academia Francesa y, para vengarse, escribió su propio epitafio:
Aquí yace Piron, que no fue nada, ni siquiera académico.
Me agarraron y me apalearon.
—¿Pero para qué? ¿Para qué?
—Para mi educación. A uno lo pueden tundir a palos por cualquier cosa —concluyó Maximov, breve y sentenciosamente.
—¡Eh, ya basta! Todo eso es una estupidez, no quiero seguir escuchando. Creí que sería divertido —les cortó Groushenka de repente.
Mitia se estremeció y dejó de reírse al instante. El polaco alto se puso en pie y, con el aire arrogante de un hombre aburrido y fuera de su elemento, comenzó a pasearse de un