Extiende un dedo y ordena a los guardias que Lo apresen. Y tal es su poder, tan completamente está la gente subyugada a la sumisión y a la temblorosa obediencia hacia él, que la multitud le abre paso inmediatamente a los guardias y, en medio de un silencio sepulcral, Le echan mano y se Lo llevan. La multitud se postra al instante en tierra, como un solo hombre, ante el viejo Inquisidor. Él bendice al pueblo en silencio y sigue su camino. Los guardias conducen a su prisionero a la estrecha y sombrienta prisión abovedada del antiguo palacio de la Santa Inquisición y Lo encierran en ella. Pasa el día y le sigue la noche oscura, ardiente y «asfixiante» de Sevilla. El aire es «fragante a laurel y limón». En plena oscuridad, la puerta de hierro de la prisión se abre de repente y el propio Gran Inquisidor entra con una luz en la mano. Está solo; la puerta se cierra inmediatamente tras él. Se detiene en el umbral y durante uno o dos minutos contempla Su rostro. Por fin se acerca lentamente, pone la luz sobre la mesa y habla.
—«¿Eres Tú? ¿Eres Tú?», pero al no recibir respuesta, añade de inmediato: «No respondas, cállate. ¿Qué puedes decir, en realidad? Sé demasiado bien lo que dirías. Y no tienes derecho a añadir nada a lo que dijiste en el pasado. ¿Por qué, entonces, has venido a estorbarnos? Porque has venido a estorbarnos, y bien que lo sabes. ¿Pero sabes lo que será mañana? No sé quién eres y no me importa saber si eres Tú o tan solo una apariencia Suya, pero mañana te condenaré y te quemaré en la hoguera como al peor de los herejes. Y esa misma gente que hoy ha besado tus pies, mañana, al más leve gesto mío, se lanzará a amontonar las brasas de tu fuego. ¿Lo