usted estar seguro de que no lo hará”. Mitya se echó a reír también. “Gracias, señor. Seguro que lo haré”.
A las siete Iván subió al tren y partió hacia Moscú.
“Fuera el pasado. He acabado con el viejo mundo para siempre, y que no me lleguen noticias ni eco de él. ¡A una vida nueva, a lugares nuevos y sin mirar atrás!”
Pero en vez de deleite, su alma se llenó de tal melancolía y su corazón dolía con tal angustia como nunca antes había conocido en su vida. Estuvo pensando toda la noche. El tren volaba, y solo al amanecer, cuando se acercaba a Moscú, salió de repente de su meditación.
—Soy un bribón —se susurró a sí mismo.
Fiódor Pávlovich se quedó muy satisfecho de haber despedido a su hijo. Durante las dos horas siguientes se sintió casi feliz y se quedó tomando aguardiente. Pero de pronto sucedió algo muy molesto y desagradable para