rincón a otro de la habitación con las manos a la espalda.
—Bah, no puede estar quieto —dijo Grušenka, mirándolo con desprecio. Mitia empezó a sentirse inquieto. Notó además que el polaco en el sofá lo miraba con expresión irritada.
—¡Panie! —gritó Mitia—, ¡bebamos! ¡Y el otro pan también! Bebamos.
En un abrir y cerrar de ojos, acercó hacia sí tres copas y las llenó de champaña.
—¡Por Polonia, panovie, bebo por vuestra Polonia! —exclamó Mitia.
—Será un placer, panie —dijo el polaco en el sofá, con dignidad y afable condescensión, y tomó su copa.
—Y el otro pan, ¿cómo se llama? ¡Bebe, ilustrísimo, toma tu vaso! —instó Mitia.
—Pan Wróblewski —intervino el polaco del sofá.
Pan Vrublevsky se acercó a la mesa, tambaleándose al andar.
—¡A Polonia, panovie! —gritó Mitia, levantando su copa—.