Siempre se imaginaba que Kolya era «insensible» con ella y, a veces, desatándose en llantos histéricos, solía reprocharle su frialdad. Al muchacho esto le desagradaba, y cuanto más se le exigían muestras de afecto, más parecía evitarlas intencionadamente. Sin embargo, no era intencionado por su parte, sino instintivo: era su carácter. Su madre se equivocaba; la quería mucho. Solo le desagradaba «la cursilería de borregos», como él lo expresaba en su lenguaje de colegial.
Había en la casa una estantería con unos cuantos libros que habían sido de su padre. A Kolya le gustaba leer y ya se había leído varios de ellos por su cuenta.
A su madre no le importaba y a veces solo se extrañaba de ver al chico de pie junto a la estantería durante horas absorto en un libro en vez de ir a jugar. Y de ese modo Kolya leyó algunas cosas poco adecuadas para su edad.
Aunque el muchacho, por lo general, sabía dónde poner el límite en sus travesuras, últimamente había empezado a gastar bromas que causaban en su madre una seria alarma.
Es verdad que no había nada malicioso en lo que hacía, sino una desenfrenada y loca temeridad.
Aquel mes de julio, durante las vacaciones de verano, la madre y el hijo fueron a otra región, a cuarenta y cinco millas de distancia, a pasar una semana con un pariente lejano cuyo marido era empleado en la estación de ferrocarril (la misma estación, la más cercana a nuestra ciudad, desde la cual un mes después Iván Fiódorovitch Karamázov partió hacia Moscú). Allí, Kolya comenzó por investigar minuciosamente cada detalle relacionado con los ferrocarriles, sabiendo que