clara, precisa y nítida, describió los sentimientos que lo atormentaban durante aquellos momentos en el jardín, cuando deseaba con tanta desesperación saber si Grushenka estaba con su padre o no. Pero, cosa extraña, ambos letrados escuchaban ahora con una especie de reserva solemne, lo miraban con frialdad y hacían pocas preguntas. Mitia no pudo deducir absolutamente nada de sus rostros.
“Están enojados y ofendidos —pensó—. ¡Pues que les den!”
Cuando describió cómo al fin se decidió a hacerle la «seña» a su padre de que Grúshenka había venido, para que este abriera la ventana, los abogados no prestaron atención a la palabra «seña», como si no hubieran comprendido en absoluto el significado del término en este contexto: tanto fue así, que Mitia lo advirtió. Al llegar por fin al momento en que, al ver a su padre