en alguna rendija en Mokróie. ¿Por qué no en los calabozos del castillo de Udolfo, señores? ¿Acaso esta suposición no es demasiado fantástica y demasiado romántica? Y observen que, si esa suposición se viene abajo, toda la acusación por robo se desvanece en el aire, pues en ese caso, ¿qué pudo haber sido de los otros mil quinientos rublos? ¿Por qué milagro habrían podido desaparecer, ya que está probado que el reo no fue a ninguna otra parte? ¡Y estamos dispuestos a arruinarle la vida a un hombre con semejantes cuentos!
“Se me dirá que no pudo explicar de dónde sacó los mil quinientos que tenía, y todo el mundo sabía que andaba sin dinero antes de aquella noche. ¿Quién lo sabía, por favor?
El acusado ha hecho una declaración clara e inquebrantable sobre el origen de ese dinero, y si ustedes así lo quieren, señores del jurado, nada puede ser más probable que esa declaración, y más coherente con el carácter y el espíritu del acusado.
El fiscal está fascinado con su propia novela. Un hombre de voluntad débil, que se había convencido a sí mismo de aceptar los tres mil rublos ofrecidos de manera tan insultante por su prometida, no habría podido, según se nos dice, apartar la mitad y coserla, sino que, aun de haberlo hecho, la habría descosido cada dos días para sacar cien, y así se lo habría gastado todo en un mes.
Todo esto, recuerden, fue expuesto en un tono que no admitía réplica. ¿Pero qué tal si las cosas sucedieron de un modo muy distinto? ¿Qué tal si han estado tejiendo una novela, y acerca de un tipo de hombre completamente diferente? ¡Eso es justamente, han inventado a un hombre completamente diferente!
—Se me dirá, tal vez, que hay testigos de que en un solo día gastó