acentuado por el hecho de que, cuando Iván llegó por primera vez a los alrededores, las cosas se veían muy distintas. Por entonces se había interesado notablemente por Smerdiakov, y hasta le había parecido muy original. Lo había animado a hablar con él, aunque siempre le había extrañado cierta incoherencia, o más bien inquietud, en su mente, y no lograba comprender qué era lo que continua e insistentemente trabajaba en el cerebro del «contemplativo». Discutían sobre cuestiones filosóficas e incluso sobre cómo pudo haber luz el primer día, cuando el sol, la luna y las estrellas solo fueron creados al cuarto, y cómo debía entenderse eso. Pero Iván pronto comprendió que, aunque el sol, la luna y las estrellas pudieran ser un tema interesante, para Smerdiakov era algo completamente secundario y buscaba algo muy distinto. De una u otra manera, empezó a mostrar una vanidad sin límites, y además una vanidad herida, y eso a Iván le desagradaba. Fue lo que dio origen a su aversión en un principio. Más tarde, hubo problemas en la casa. Grúshenka había entrado en escena, y se habían producido los escándalos con su hermano Dmitri; también hablaban de eso. Pero aunque Smerdiakov siempre hablaba de aquello con gran excitación, era imposible averiguar qué deseaba que resultara de todo ello. Había, de hecho, algo sorprendente en la ilógica y la incoherencia de algunos de sus deseos, revelados por accidente y expresados siempre de forma vaga. Smerdiakov siempre estaba indagando, haciendo ciertas preguntas indirectas pero obviamente premeditadas, mas cuál fuera su objetivo no lo explicaba, y por lo general, en el momento más importante, interrumpía la conversación, caía en el silencio o pasaba a otro tema. Pero lo que al fin terminó por irritar más a Iván y confirmar su repugnancia hacia él fue la peculiar y repulsiva familiaridad que Smerdiakov empezó a manifestar de manera cada vez más evidente.
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Libro V. Pro y contra
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