incluso la muerte, a la libertad de elección en el conocimiento del bien y del mal? Nada es más seductor para el hombre que su libertad de conciencia, pero nada es causa de mayor sufrimiento. Y he aquí que, en lugar de dar un fundamento firme para aquietar la conciencia del hombre para siempre, elegiste todo lo excepcional, lo vago y lo enigmático; elegiste lo que superaba por completo las fuerzas de los hombres, actuando como si no los amaras en absoluto, ¡Tú que viniste a dar Tu vida por ellos! En lugar de apoderarte de la libertad de los hombres, la aumentaste, y cargaste el reino espiritual de la humanidad con sus sufrimientos para siempre. Deseaste el amor libre del hombre, que te siguiera libremente, seducido y cautivado por Ti. En lugar de la rígida ley antigua, en adelante el hombre debía decidir por sí mismo con corazón libre lo que es bueno y lo que es malo, teniendo únicamente Tu imagen ante sí como guía. Pero ¿acaso no sabías que al final rechazaría incluso Tu imagen y Tu verdad, si se le abruma con la temible carga de la libre elección? Al final clamarán a voces que la verdad no está en Ti, pues no habrían podido quedar en mayor confusión y sufrimiento que el que Tú les has causado, al imponerles tantos cuidados y problemas insolubles.
“—De modo que, en verdad, fuiste Tú mismo quien puso los cimientos para la destrucción de tu reino, y nadie tiene más culpa de ello. Sin embargo, ¿qué se te ofreció? Hay tres poderes, tres únicos poderes, capaces de conquistar y cautivar para siempre la conciencia de estos impotentes rebeldes para su felicidad: esos poderes son el milagro, el misterio y la autoridad. Tú los rechazaste todos y diste ejemplo de ello. Cuando el sabio y temible espíritu te colocó en el pináculo del templo y