profunda reverencia por la memoria de su difunto amo, testificó sin embargo que este había sido injusto con Mitia y «no había criado a sus hijos como debía. Se lo habrían comido los piojos de pequeño si no llega a ser por mí», añadió, describiendo la primera infancia de Mitia. «Tampoco estuvo bien que el padre perjudicara a su hijo con lo de la propiedad de su madre, que por derecho le pertenecía».
En respuesta a la pregunta del fiscal sobre qué motivos tenía para afirmar que Fiódor Pávlovich había perjudicado a su hijo en sus relaciones de dinero, Grigori, para sorpresa de todos, no aportó prueba alguna, pero aun así insistió en que el acuerdo con el hijo era «injusto» y que «debería haberle pagado varios miles de rublos más». Debo señalar, a propósito, que el fiscal hizo esta pregunta —si Fiódor Pávlovich se había quedado realmente con parte de la herencia de Mitia— con marcada insistencia a todos los testigos a los que podía interrogárseles, sin excluir a Aliosha ni a Iván, pero no obtuvo información exacta de nadie; todos afirmaban que era así, pero eran incapaces de presentar ninguna prueba clara. La descripción que hizo Grigori de la escena en la mesa del comedor, cuando Dmitri había irrumpido y golpeado a su padre, amenazando con volver para matarlo, causó una impresión siniestra en el tribunal, sobre todo porque la compostura del viejo criado al narrarlo, su economía de palabras y su fraseología peculiar fueron tan eficaces como la elocuencia. Observó que no estaba enfadado con Mitia por haberlo derribado y abofeteado; lo había perdonado hacía mucho tiempo, dijo. Del difunto Smerdiákov observó, santiguándose, que era un muchacho capaz, pero estúpido y achacoso, y lo que era peor, un infiel, y que habían sido Fiódor Pávlovich y su hijo mayor quienes le