Alexandróvich. Mire —exclamó de pronto, cruzando los límites—, ¡en qué valle de rosas viven!”
Aunque ya no había rosas, crecían numerosas y bellas flores otoñales allí donde había espacio para ellas, y al parecer eran cuidadas por una mano experta; había arriates alrededor de la iglesia y entre las tumbas; y la casa de madera de una sola planta donde vivía el anciano también estaba rodeada de flores.
—¿Y era así en tiempos del último anciano, Varsonofi? A él no le importaban tales elegancias. Dicen que solía levantarse y apalear hasta a las damas con un bastón —observó Fiódor Pávlovich mientras subía los peldaños.
—El anciano Varsonofi a veces parecía bastante extraño, pero mucho de lo que se cuenta es una tontería. Nunca zurró a nadie —respondió el monje—. Ahora, caballeros, si esperan un minuto, anunciaré su llegada.
—Fiódor Pávlovich, por última