bastado con decirle en ese preciso instante a la montaña: “Muévete y aplasta al verdugo”, y se habría movido y en ese mismo instante lo habría aplastado como a un escarabajo, y me habría marchado como si nada hubiera pasado, alabando y glorificando a Dios.
Pero, supongámonos que en ese mismo momento yo lo hubiera intentado todo, y le hubiera gritado a aquella montaña: «Aplastad a estos verdugos», y no los hubiera aplastado, ¿cómo habría podido dejar de dudar, díganme, en un momento así, y en una hora tan terrible de pavor mortal? Y aparte de eso, ya sabría que no podría alcanzar la plenitud del Reino de los Cielos (pues como la montaña no se había movido a mi palabra, no debían de tener en muy alta estima mi fe allá arriba, y no podía haber una gran recompensa aguardándome en el